Caminando hacia la alegría pascual

Por: P. Fabián Antúnez SJ

Nos encontramos en plena Semana Santa caminando hacia la Pascua y la invitación del Señor toma la forma de preparar nuestro corazón para la experiencia de la alegría profunda que emerge del resucitado. En efecto, el que vence a la muerte trae consigo el sentido más profundo de nuestra existencia y viene a confirmar nuestra fe disipando toda duda, miedo e inquietud.

Los días pascuales serán una lucha entre la alegría de Dios que viene a visitarnos y la terquedad humana de afirmarse en las tristezas vividas. La experiencia de la pérdida en la primitiva comunidad tuvo tal dramatismo y realidad que avizorar un destino distinto podía sonar a ilusión estéril.

Esta es la experiencia vital de cada uno de nosotros frente al dolor y la tristeza. Parecen ser la nota definitiva de nuestra realidad y todo el futuro se ensombrece frente a las piedras que sepultan la esperanza. El desafío para cada uno de nosotros será el de remover las piedras y dejarnos consolar el corazón por el Señor que viene a vendar nuestras heridas, liberarnos de los temores, purificar nuestras miradas escépticas y desafiar nuestra esperanza.

¿Me animo a mirar la vida desde un lugar distinto? ¿Frente a quién lloro mis pérdidas?
Las mujeres se acercan al lugar de sepultura y encuentran la piedra corrida, una luz que comienza a emerger en medio del dolor. Sienten aquello de ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? Sienten allí en su corazón algo distinto, comienzan a leer la vida desde una mirada renovada y misteriosamente el corazón comienza a intuir un sentido distinto para el dolor vivido.

Con frecuencia tenemos la convicción que somos fieles en la fe cuando sufrimos. Los desafío a sentir que la mayor fidelidad que podemos reflejar como cristianos es la alegría, la esperanza, la serenidad frente a las pérdidas, nuestro sentido trascendente de la existencia. No quiero disminuir el sufrimiento y su dignidad, sólo afirmo que no constituye el final del camino.

Uno de los males de nuestro tiempo es justamente el hastío existencial, el vacío de tantas personas, el sin sentido de la vida, la cultura de la muerte que vivimos. Frente a ello, los cristianos tenemos un mensaje para transmitir con nuestra existencia. La resurrección de Jesús es anticipo de la nuestra y dota a cada gesto de amor la dimensión de eternidad.

El Cardenal Martini nos dijo que Jesús tuvo una pedagogía particular de acuerdo con la circunstancia y el modo de ser de cada uno de sus discípulos para mostrar los signos de su resurrección. A Magdalena, la afectiva, nombrándola con ternura; a Juan, el intuitivo, por medio de la piedra corrida y la sobreabundancia de la pesca; a Pedro en su lentitud, le dejó los lienzos y el sudario doblado, a los discípulos encerrados, se les manifiesta vulnerando sus puertas cerradas y pacificándolos.

Con los discípulos de Emaús va a tener que caminarse unos cuántos kilómetros para ir encendiéndoles el corazón, con Tomás el escéptico, tiene que redoblar los gestos, lo llama y le permite tocar sus llagas.

¿Cuál es el signo que necesito para creer? ¿Cuál es la pedagogía particular que necesito vivir para creer en la resurrección?

Tenemos estos cuarenta días del tiempo pascual para pedir la gracia de la alegría y la paz, que para nosotros serán una herramienta apostólica. El evangelista nos detalla pequeños signos: el sepulcro abierto, la piedra corrida, las vendas, el sudario. Pequeñas realidades frente a tanta crudeza del dolor y de la muerte, pequeños signos que nos hablan de la vida surgente. Pidamos la gracia de liberar la mirada para reconocer las visitas de Dios en estos pequeños signos que tienen dimensión de eternidad.

Siguiendo a Martín Descalzo, me gustaría invitarlos a considerar que la Pascua debería ser la gran ocasión para descubrir que fuimos llamados a la vida, que Dios nos amó primero (no esperó a saber si merecíamos su amor, quiso empezar a amarnos antes de nuestro nacimiento), que Cristo quiso seguir siendo hombre después de su resurrección (sus heridas curadas nos muestran la posibilidad de convertirnos en sanadores heridos); que somos dichosos porque podemos experimentar que el dolor es camino de resurrección, que en sus manos misteriosamente todo adquiere dimensión de eternidad.

Pidamos por tanto la gracia de inundarnos de esta alegría interior, de hacernos cargo de esta bella tarea de comunicar a otros las razones de nuestra alegría, que brotan de experimentar que más allá de cualquier dificultad, dolor, ausencia, pérdida el Señor vive en medio nuestro y conduce la historia hacia su plenitud en el amor.

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